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Málaga, Spain
Libros, revistas y periódicos son mi Santa Compaña. Lector diario. Amigo de un cuaderno y un bolígrafo. Espectador y contador de la realidad. Pasajero de la vida. Soñador inquieto. Investigador de todo. Pecador en la curiosidad. Añorador de lo pasado y deseoso de lo futuro. Aquí estoy sólo con mi curiosidad.
Uno no es lo que es por lo que escribe, sino por lo que ha leído. Jorge Luis Borges, escritor y una de las grandes injusticias de los premios Nobel.

De los medios de comunicación de este mundo yo sigo prefiriendo un beso artesanal. Mario Benedetti, poeta y soñador de un mundo mejor.

Para sobrevivir, tengo que contar historias. Umberto Eco, profesor, novelista, periodista y guía espiritual en el mundo de la comunicación.

5 ene 2016

La muerte de la coherencia

Ya no está de moda ser coherente. Lástima. Hubo un tiempo en el que esa coherencia nos hacía más inteligentes. Pero la perdimos. Decidimos mandarlo todo al garete. Ahora somos algo inexplicable y raro. Miramos hacia el futuro tratando de olvidar el pasado, maltratamos las costumbres que nos han hecho libres. Hemos decidido declararnos en rebeldía sólo por vanidad. No hay nada que podamos hacer para luchar contra nuestro propio ego. Sólo la estupidez ganará esta guerra de la cual algunos sacarán tajada.

Desde hace un tiempo se ha puesto de moda bautizar de forma civil. Cada cual puede hacer lo que le dé la gana. El laicismo es la mejor forma de convivir en paz entre religiones. Ninguna administración debería decantarse. Pero el Bautismo tiene un significado muy claro dentro de la tradición católica. La razón de ser de este sacramento es limpiar al infante del Pecado Original, ese que todos portamos desde que Eva comió la manzana. Es a través de él como nos regeneramos como hijos de Dios y nos incorporamos a Cristo. ¿Y cómo se adapta eso a una celebración civil en el registro municipal? Pues eso. Perdimos la coherencia y nos sumimos en la estupidez.

Para colmo, la historia no acaba aquí. En algunos lugares han ido más lejos y se han puesto a celebrar comuniones civiles. Y volvemos a lo mismo. La Comunión se celebra para que el niño tome por primera vez el cuerpo y la sangre de Cristo. Es el ritual por el que comulga por primera vez. Es a través de este sacramento que el cristiano es partícipe del alma y de la divinidad de Jesús Cristo. ¿Tiene sentido que se haga en un Ayuntamiento? Sólo si una vieja ideología, anclada en el rencor, dicta las leyes de convivencia de una sociedad que apaga poco a poco sus luces.

Lo último es el nombramiento de reinas magas por parte de algún desviado ideológico. Melchor, Gaspar y Baltasar se han convertido en La Vane, La Lore y La Jessi, que vestidas de cigarreras del Moulin Rouge se dedican ahora a repartir caramelos con una facha más típica de cabareteras que de ir a llevar oro, incienso y mirra al Niño Dios. La tradición, que entre otros pintaran Rubens, Velázquez o Leonardo Da Vinci, se convierte ahora en una triste nebulosa de lo que un día fue una fiesta de alegría infantil. 

Tristes ejemplos de una sociedad que no sabe hacia donde navega. Una pobre realidad llena de caricaturas de lo que un día fue una sociedad que se enorgullecía  de sus costumbres. No hay nada más triste que escuchar: “Ahora se ha puesto de moda vestir al niño de comunión, hacerle las fotos e ir a Disney Land. Sin pasar por la Iglesia”. Nada más triste que ir por el mundo sin saber por qué suceden las cosas, de dónde venimos o a hacia qué nuevo desvarío vamos. 

12 oct 2015

El placer de escribir reportajes...


El reportaje es un género que te otorga el placer de escribir. Un género reposado, que te permite husmear, buscar, indagar, investigar y aglutinar datos en una especie de síndrome de Diógenes, para luego plasmarlo todo en una historia que el lector disfrute desde el principio al fin. Desde hace unos meses es a lo que vengo dedicado y en eso he podido recuperar el placer de sentarme a escribir tras la ventana, con el ordenador, las notas y una voz al otro lado de la grabadora como única compañía.

He podido recoger el testimonio de gente conocida, retratar lugares, contar leyendas, relatar como testigo lo que pasaba ante mis ojos o explicar los sufrimientos de algunos ciudadanos, porque, pese a que esto de escribir periódicos sea algo que se disfruta, no deja de ser un servicio público que se presta al ciudadano.  

Todo empieza con un dato que hace brillar la mirada y saca el veneno más potente que nos puede correr por las venas: la curiosidad. Este dato es contrastado y nos lleva a contactar con personajes con los que sentarse. En ese momento, comienza el gusto dulce que deja el reportaje pero que, en muchas ocasiones, sabe a café. Concertar la entrevista es un trámite para comenzar a disfrutar, la documentación del tema hace que la curiosidad aumente y entre más se sabe del asunto, más curiosidad levanta.

Unas veces el dato te lleva a zambullirte en lugares inalcanzables, otras a relatar sufrimientos, otras a contar cómo son esas personas a las que admiramos, algunas veces te llevan a narrar lo que alguien extraordinario hizo y algunas otras te afanas en contar aquello que nadie quiere que sea contado. Lo cierto es que no hay una buena historia sin personajes y para conocerlos bien hay que tener tiempo para sentarse y escucharlos atentamente.

Durante cinco años, la información diaria me había dejado sin la posibilidad de dedicar varios días a una información o de sentarme durante más de una hora con un personaje, sin tener que mirar el reloj para saltar a otra cosa. La libertad que otorga un café que acaba en aperitivo es un placer que se degusta cuando tecleas la transcripción de todo lo que se habló y que se sufre cuando se comienzan a recortar momentos porque el texto es demasiado largo. 

El contacto directo con la historia te hace escribir recordando olores, sabores, risas, miradas o el tacto de un apretón de manos. Sentarse con las notas al lado y comenzar a dar forma a lo que se va a narrar es lo más parecido a una pieza artesanal.

En esa tesitura, la realidad y la abundancia de notas son las mejores compañeras de viaje y son las que hacen volver a sentirse realizado cuando se teclea a luz de una pantalla. El reportaje ofrece una oportunidad para disfrutar del periodismo más artesanal y eso es algo que, cuando se vive para el oficio, no se paga a final de mes.