El reportaje es un género que te otorga el placer de escribir. Un
género reposado, que te permite husmear, buscar, indagar, investigar y
aglutinar datos en una especie de síndrome de Diógenes, para luego plasmarlo todo en
una historia que el lector disfrute desde el principio al fin. Desde hace unos
meses es a lo que vengo dedicado y en eso he podido recuperar el placer de
sentarme a escribir tras la ventana, con el ordenador, las notas y una voz
al otro lado de la grabadora como única compañía.
He podido recoger el testimonio de gente conocida, retratar
lugares, contar leyendas, relatar como testigo lo que pasaba ante mis ojos o
explicar los sufrimientos de algunos ciudadanos, porque, pese a que esto de
escribir periódicos sea algo que se disfruta, no deja de ser un servicio público que se presta al ciudadano.
Todo empieza con un dato que hace brillar la mirada y saca el veneno más potente que nos puede correr por las venas: la curiosidad. Este dato es
contrastado y nos lleva a contactar con personajes con los que sentarse. En ese
momento, comienza el gusto dulce que deja el reportaje pero que, en muchas
ocasiones, sabe a café. Concertar la entrevista es un trámite para comenzar a
disfrutar, la documentación del tema hace que la curiosidad aumente y entre más
se sabe del asunto, más curiosidad levanta.
Unas veces el dato te lleva a zambullirte en lugares inalcanzables, otras a relatar sufrimientos, otras a contar cómo son esas
personas a las que admiramos, algunas veces te llevan a narrar lo que alguien extraordinario
hizo y algunas otras te afanas en contar aquello que nadie quiere que sea
contado. Lo cierto es que no hay una buena historia sin personajes y para conocerlos bien hay que tener tiempo para sentarse y escucharlos atentamente.
Durante cinco años, la información diaria me había dejado sin la
posibilidad de dedicar varios días a una información o de sentarme durante más
de una hora con un personaje, sin tener que mirar el reloj para saltar a otra
cosa. La libertad que otorga un café que acaba en aperitivo es un placer que se
degusta cuando tecleas la transcripción de todo lo que se habló y que se sufre
cuando se comienzan a recortar momentos porque el texto es demasiado largo.
El contacto directo con la historia te hace escribir recordando olores, sabores, risas, miradas o el tacto de un apretón de manos. Sentarse con las notas al lado y comenzar a dar forma a lo que se va a narrar es lo más parecido a una pieza artesanal.
El contacto directo con la historia te hace escribir recordando olores, sabores, risas, miradas o el tacto de un apretón de manos. Sentarse con las notas al lado y comenzar a dar forma a lo que se va a narrar es lo más parecido a una pieza artesanal.
En esa tesitura, la realidad y la abundancia de notas son las
mejores compañeras de viaje y son las que hacen volver a sentirse realizado
cuando se teclea a luz de una pantalla. El reportaje ofrece una oportunidad para disfrutar del periodismo más artesanal y eso es algo que, cuando se vive para el oficio, no se paga a final de mes.



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