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Málaga, Spain
Libros, revistas y periódicos son mi Santa Compaña. Lector diario. Amigo de un cuaderno y un bolígrafo. Espectador y contador de la realidad. Pasajero de la vida. Soñador inquieto. Investigador de todo. Pecador en la curiosidad. Añorador de lo pasado y deseoso de lo futuro. Aquí estoy sólo con mi curiosidad.
Uno no es lo que es por lo que escribe, sino por lo que ha leído. Jorge Luis Borges, escritor y una de las grandes injusticias de los premios Nobel.

De los medios de comunicación de este mundo yo sigo prefiriendo un beso artesanal. Mario Benedetti, poeta y soñador de un mundo mejor.

Para sobrevivir, tengo que contar historias. Umberto Eco, profesor, novelista, periodista y guía espiritual en el mundo de la comunicación.
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19 nov 2014

Gracias por escucharme

Llegó un señor y se sentó frente a él. Lo miró a los ojos y le preguntó: “¿Qué deseas?”. Durante la siguiente hora y media aquel padre de familia relató su vida, su falta de trabajo, las necesidades por las que están pasando sus hijos, la incapacidad para encontrar un trabajo que le haga llegar al número de jornadas que le permitan cobrar el subsidio por desempleo y lloró impotente. Las lágrimas caían de aquel rostro surcado por los años, como si resbalaran por la cara lisa e impoluta de un niño. Sin esperanza lamentó su desventura como sólo lo hace un padre desesperado y se marchó diciendo: “Gracias por escucharme”.

Al tiempo llegué a ese mismo lugar y me senté delante de un alcalde preocupado por la situación de algunos de sus vecinos. “¿Qué hago? No tengo competencias para hacer nada. Los vecinos vienen aquí con gravísimos problemas y sólo les puedo decir que no puedo hacer nada”. Aquel alcalde, que por la mañana se había convertido en el confesor de uno de sus vecinos, sin darse cuenta, relataba su angustia por la situación, que se torna general en los ayuntamientos donde la política tiene corazón y donde el que se sienta en el sillón es uno más entre los suyos –por desgracia no siempre es así–.

Durante más de una hora, charlamos sobre la necesidad de dotar a los consistorios de competencias que les permitan aportar soluciones a los problemas de la gente de una forma rápida, eficaz y directa. La necesidad de no tener que esperar a una política comunitaria, estatal, autonómica, provincial o comarcal –donde existe– que llega tarde y maltratada. La urgencia de no aguardar a que la solución pase de manos en manos para convertirse en un remedio paliativo, como los contratos quincenales.


Decía este alcalde –con más razón que un santo– que si el dinero, que se destina a las administraciones intermedias, estuviera en los ayuntamientos se podría dar una solución directa a los problemas de esa gente, que ahora sólo se conforma con ser escuchada y maldice su resignación con impotencia. ¿Qué pasaría si el dinero para las mancomunidades fuese a los ayuntamientos para dedicarlo directamente a los vecinos? ¿Y si lo repartido entre las diputaciones llegara a los municipios para crear políticas sobre los problemas particulares de sus habitantes? ¿Y si los gobiernos autonómicos inyectaran el dinero, que conciertan con diputaciones y mancomunidades, a los consistorios? ¿Y si los programas estatales fueran a cada municipio directamente para solucionar y no para paliar problemas? ¿Qué pasaría si ese ciudadano que llora ante un alcalde no tuviera que hacerlo?

16 ene 2014

Violamos, no pedimos perdón y reincidimos gustosos

Es lo que siempre ocurre. Mujer asesinada, explosión mediática y la familia de la víctima se queda sola. Preguntas, rumores, datos, artículos, denuncias, reacciones, manifestaciones, los que se suben al carro buscando minutos de gloria -carroñeros mediáticos- y, al final, el dolor se queda para los que sufren la pérdida, que, en cierto modo, han sido violados en su intimidad y ni siquiera se han enterado. Cuando se den cuenta de lo ocurrido su hermana, prima, cuñada o hija ya no estará. Un desviado mental decidió que era Dios y la mató.

Como muchos otros compañeros llevo dos días cubriendo una caso de violencia de género, una muesca más en la culata del fusil del machismo. Cubrimos desde el principio. La muerte, la incertidumbre, las confirmaciones, las reacciones, el entierro y, algunos, incluso la autopsia. ¿Para qué? ¿Sólo por prestar servicio informativo?

Parecía que no pasaba nada más en el mundo, pero hoy nos quedamos huérfanos de adrenalina, ahora viene un bajón. Toca buscar historias en otro sitio. Durante dos días hemos vivido para la muerte de una pobre mujer que no supo ver que dormía con el demonio. Ahora eso ya no vale. Nosotros desaparecemos como la niebla, sólo se queda el dolor de las personas que conocieron a la víctima.

Llegamos haciendo ruido, desplegando flashes y preguntas, muchas inoportunas, y nos vamos sin hacer ruido, dejando que los dolientes sufran en silencio las consecuencias de una vorágine corrosiva. Somos armas del escándalo y lo permitimos, no pensamos y actuamos, escribimos sin pensar las consecuencias de nuestros párrafos. Sólo informamos y nunca pedimos perdón después de la publicación. Mañana será otro día, nos escudamos en la verdad de lo sucedido, como si eso fuera nuestra justificación moral.

Estas reflexiones no son un síntoma de arrepentimiento, ya que la próxima vez que ocurra otro suceso volverá a disparase la adrenalina y todo volverá a ser igual. Damos un servicio informativo, pero lo hacemos por puro impulso natural, sentimos la necesidad de estar allí, preguntar, saber y contarlo. Buscamos cada dato y cada miseria para que el lector se haga una idea lo más real posible de lo ocurrido. No pensamos en las víctimas, puesto que sólo son fichas dentro de la partida, del enigma que llevó al fatal desenlace. Somos lo que somos y nos gusta serlo. Aunque a veces nos paremos a pensar y veamos que debemos parar, el corazón siempre dice "adelante".

18 jun 2013

Hay informaciones que abducen al periodista

Cuando se informa de algún acontecimiento no siempre se pueden alejar las vivencias personales de la noticia para alcanzar la objetividad. Hay veces que la realidad influye en el informador, que se ve incapaz de desligar lo que siente de lo que cuenta.